La familia el mejor sitio del que partir y al que llegar
Nuestra casa se encontraba en el centro de una ciudad no muy grande; estaba bien comunicada por autobús y metro, incluso el aeropuerto no quedaba lejos.
Gozábamos de un gran jardín con grandes árboles centenarios, en su mayoría pinos, castaños y hayas; rodeado de un gran muro de piedra, se cerraba nuestro “Edén”, con una bonita puerta de hierro forjado que había diseñado mi abuelo. En el jardín había un estanque con peces de infinitos colores, un rosedal en el que se había conseguido una constante floración y un pequeño invernadero con especies exóticas traídas de múltiples viajes de la familia; mis padres habían hecho construir un frontón y una piscina gigantesca donde podíamos bañarnos cada día después de clase.
Pero el rincón que más nos gustaba, muy en especial a mi abuela y a mi madre, se encontraba en una zona alejada de la vivienda y del ruido de la ciudad. Entre grandes magnolios y delante de unos camelios, que al igual que las rosas siempre estaban en flor, las damas de la casa, habían encontrado su retiro cotidiano; para viajar a lugares lejanos, para comprender la locura de la vida de la mano de autores conocidos e ignorados, para intercambiar filosofías de uno y otro continente, en definitiva para vivir y ayudar a vivir de ciencias y experiencias de otros, asimilando unas y descartando otras, afirmándose en las más y rechazando las menos.
Solían encontrarse allí, a última hora de la tarde, incluso entrada la noche, cuando las tareas diarias habían acabado. Cuando la mayoría aún eran pequeños, había días que se demoraban bastante, pero siempre encontraban el momento tan esperado para escaparse a su pequeño refugio. Mi padre también solía dejarse caer por allí, y los tíos y tías, de vez en cuando también, aunque con menos frecuencia. Conforme nos fuimos haciendo mayores y descubrimos la pasión por la lectura, se hizo necesario ampliar nuestro rincón, pero no por ello dejó de tener el encanto y la magia que transmitía ese ambiente, mezcla de contemplación y familia. Mi padre consiguió introducir una mejora considerable al entorno; al comprobar que el tiempo no pasaba en balde para los mayores y cada vez éramos más los asiduos, colocó grandes mamparas de cristal respetando los árboles y arbustos más cercanos y dejando el techo al descubierto; el suelo quedó forrado con césped artificial haciéndolo más confortable; se mejoró y amplió considerablemente el mobiliario para hacerlo más cómodo. Sabiendo que otra de las pasiones dominantes de la familia era la música, instaló un equipo de alta definición; los altavoces se escondían entre las ramas de los árboles. ¡Qué decir de aquellas interminables tardes…! La antesala del Paraíso.
Eran los domingos por las tardes cuando más afluencia de gente se presentaba en “el rincón del Paraíso”- nombre con el que fue bautizado por mi hermano, el más pequeño y último en descubrirlo-. Y es que el domingo era el día familiar por excelencia. A primera hora de la mañana, con todo el cuidado y sin despertar a nadie, eran los caballeros los que se encargaban del desayuno. Antes de acabar nos despertaban con música, siempre clásica, con el tiempo suficiente para arreglarnos y presentarnos al pequeño banquete, por otro lado muy normal, solo que preparado con cariño; para cada uno lo que le gustaba: tostadas con mantequilla, chocolate recién hecho, bollos recién traídos de la pastelería, como el pan, aún calentitos, incluso algunos días churros y porras. Tras la recogida en la que todos colaboraban, nos disponíamos a engalanarnos para acudir a la Santa Misa, con el tradicional traje de los domingos, que por otro lado no tenía nada de particular, algo más arreglado, pues el resto de los días íbamos de uniforme. Ese día el aperitivo y la comida corría a cuenta de los abuelos; cada semana era una sorpresa, se pasaban toda la semana preparándolo, y la verdad no defraudaban; las tapas del abuelo podrían competir en cualquier concurso, ni que decir de los asados de la abuela, que por cierto también bordaba los postres, tan esperados por los más golosos, tanto mayores como pequeños. De nuevo ayudábamos todos a recoger y antes de la sobremesa- que también solía ser en el famoso rincón- rezábamos el Rosario en familia. Algunos al acabar, enganchaban con temas de actualidad y se formaba una tertulia digna de envidiar a las más famosas; los pequeños desaparecían hacia la piscina o por el jardín. Los abuelos se retiraban a descansar un poco.
Esta gran sentido de la Familia que hemos vivido, en este nuestro hogar, para nada se contrapone a un profundo respeto a la libertad personal, es decir siempre nos hemos sentido muy en el derecho de entrar y salir, ir y venir, para aprender, para conocer gentes nuevas situaciones distintas; pero simple eran en el entorno de casa donde se asumían, se discutían, se compaginaban y se hacía propio lo aprendido. Ciertamente mis padres y mis tíos han pasado grandes temporadas viviendo en otros países, aunque bien es verdad, que en cuanto podían, han vuelto a la calle Sambara. Y tampoco lo hemos tenido difícil los más jóvenes, cuando hemos planteado una estancia en otras ciudades o en otros países, por motivos académicos.
Solo el pequeño de la familia, el último de mis hermanos, que nació cuando los mayores empezábamos a peinar canas- hay que decir que en mi familia son en todos prematuras- ha sufrido especialmente cuando ha tenido que decidir marcharse definitivamente y rehacer su vida fuera de nuestra casa.
Siempre fue el mimado de todos, siempre se había contado con él para todo tipo de excursiones, vacaciones y viajes. Tiene un carácter muy alegre, divertido y muy ocurrente. Muy observador, atento y detalloso a veces en demasía. Desde muy pequeño ha habido una comunicación muy especial con mamá y con la abuela; ha sido el típico “faldero”, que sabía detectar un pequeño disgusto o un enfado y como subsanarlo y acabar todos sonriendo.
Ha sido siempre de los primeros en su clase del colegio, y en la universidad se ha mantenido entre los mejores. Entre sus amigos era muy querido, formaba un grupo de gente muy variada. Eran todos bastantes artistas, dos que tocaban el violín, uno el piano y una chica el arpa. A dos de ellos no se les daba mal el teatro, actuaron en varias ocasiones en compañías algo conocidas. También había dos bailarinas de ballet clásico y una de baile español. María escribía en una revista especializada de literatura haciendo recensiones de obras de poesía recién publicadas; aunque lo que le gustaba realmente era escribir. Muchas tardes se venía al “rincón del Paraíso” para escribir, era frecuente verle comentar con mamá, incluso con la abuela, sobre el carácter de sus personajes, sobre los viajes en los que embarcaba, el entorno de sus familias, un sinfín de detalles. María era parte de la familia para todos y no dudábamos que en cuanto ambos se situasen pasaría a formar parte de ella oficialmente.
Pero un día en el que la esperábamos para una merienda especial, no apareció. Íbamos a celebrar el final definitivo de los exámenes en la universidad para ambos: acababan la carrera. Y así se truncaron sus vidas. El accidente fue fulminante, murió en el acto. Pasaron tres meses y todavía no nos habíamos recuperado, sobre todo mi hermano. Sus amigos estaban volcados con él, pero no había manera de que se repusiese. Hablamos todos con él y fue inútil. Gracias a Dios había acabado los exámenes y aunque tenía previsto un trabajillo para esos meses de verano renunció a él sin problemas. Lo malo es que no hacía nada durante el día. Al principio le respetábamos en su soledad, pero se hacía necesario que se incorporase a alguna actividad. Solo de vez en cuando se interesaba por el periódico y el telediario, el resto del día paseaba por el jardín, contemplaba los peces del estanque y se tiraba horas y horas en “el rincón del Paraíso” con la música a un volumen excesivo.
La única solución que veíamos todos es que se decidiese a aceptar un puesto de redactor que le ofrecieron en un periódico. La ventaja es que tendría que desplazarse hasta Boston. Allí estuvo de prácticas durante seis meses. Conoció a mucha, y muy buena gente, y el puesto le ayudaría a centrarse en el trabajo y poder olvidar. En un principio se requería su presencia allí durante un año, pero era prorrogable. Antes de que ocurriese lo de María, le hacía mucha ilusión tanto por el reto profesional como por el ambiente en el que se iba a mover. Pero después no se atrevía a estar tan lejos de la familia y además le daba miedo pensar que sería un adiós definitivo a su hogar.
Todos intentamos hacerle ver las ventajas, pero fue inútil. Tengo la ventaja de ser su hermana predilecta; siempre me ha encontrado disponible para contarme un problema o solucionar una duda. Habíamos hablado en esa época infinito sobre el tema, pero la solución que tomé fue escribirle una carta. Cuando éramos pequeños lo hacíamos así; a mí me ayudaba a no ser tan apasionada, y él la leía y releía tranquilamente. En el escrito le hacía una trayectoria de nuestra familia, de los sinsabores y las luchas de los abuelos y el resto de la familia, de cómo se han ido forjando las distintas familias quedándose en la misma casa o yéndose a vivir a otras ciudades, pero sin perder el carisma de la familia que nos une y caracteriza. De cómo ahora le tocaba a él hacerse hueco y la Providencia le había llevado hasta tan lejos; pues bien que lo aprovechase; que tampoco se trataba de un adiós para siempre, y aunque estuviese lejos físicamente estábamos muy cerca apoyándole.
Esperé su respuesta en mi cuarto donde solemos encontrarnos para hablar; le había dejado la carta por la mañana y le dije que nos veríamos aquí por la tarde. Yo estaba leyendo cuando después de llamar a la puerta pasó. Se le veía contento aunque visiblemente emocionado. Releyó el último párrafo de la carta. Con lágrimas en los ojos esbozó una sonrisa y se dirigió a la ventana. Fuera hacía frío. Me quedé sentada, mirando fijamente el papel entre mis manos. Recordé sus últimas palabras: lo único que me da miedo es decir adiós.
Ana Lilia Benito
Pamplona abril de2006.